La Historia del Chicken Go

Humor fronterizo

Erase una vez un hombre que cansado de tanto luchar sin alcanzar al menos llevar el sustento a su casa deside migrar a estos norteños lugares, pero al llegar a Aguaprieta, Sonora, se topa con un introductor de productos avícolas que entre la raza es conocido mejor como “El Pollero”.
El susodicho personaje me pidió una cuota tan alta que no pude acabalar, por lo que me di a la tarea de conseguir un empleo para acompletar la tarifa y lograr entrar al país de las oportunidades.
En eso andaba cuando un hombre güero, alto y bonachón que no hablaba nada de español y ni mucho menos la lengua que hablamos allá en Oaxaca, se me acercó, me ofreció a señas unos tacos y un chesco, algo que sin dudar acepté gustoso. Tan bien me cayó aquél compa que alegua me imaginé que era gringo.
Al terminar de ingerir aquellos sacrosantos alimentos que me supieron a pura gloria, “el Gavo” le pidió al compa que atendía el puesto que me dijera que si quería trabajar para él, que me ofrecía donde dormir, los tres alimentos al día, sueldo y trabajo todos los días. Esa era una oferta que yo no podía rechazar, por lo que en menos de lo que canta un gallo tartamudo yo ya me encontraba viajando en el pick-up del güero aquel, que conducía feliz rumbo a… “no se donde”.
Como era ya de noche y yo no conocía el rumbo, ni cuenta me di que se dirigía a una granja de pollos a la orilla de Naco, -un pequeño pueblecito cercano a Cananea-. Una vez en la granja el gringuito aquel me hizo señas de que lo siguiera, me mostró un dormitorio, baño y la cocina, luego me señaló su reloj y me enseñó 6 dedos, por lo que me imaginé que me necesitaba listo para la chamba a las 6 de la mañana del día siguiente, y asenté con la cabeza, dándole señales de entender su lenguaje.
Pa´no hacerles el cuento tan largo, resulta que a señas me enseñó la rutina de trabajo durante tres días completitos. Siempre y a la misma hora el mismo trabajo, esa chamba era un pan comido para mí y seguramente mi patrón, dándose cuenta de mi capacidad para atender tanto emplumado, se animó a tomarse un fin de semana libre, así que tomó sus petacas, (las de plástico que se rellenan con ropa) y haciéndome un montón de señas se subió a su pick-up y se marchó levantando tremendo terregal mientras manejaba por la brecha de terracería.
Yo me quedé a gusto siguiendo mi rutina sin patrón que me vigilara. Por la noche me entraron unas ganas de probar las cervezas del patrón y con tantas que tenía seguro estaba que ni cuenta se daría.
Después de un par de seises de Budweiser me dieron ganas de cambiarle el agua a las aceitunas; justo estaba en esos menesteres cuando alcancé a divisar una cajetilla de cigarros de esos de los de caballos y pues me dije: “¿Por qué no? Así que me encendí uno y para no llenar la casa de humo me salí “pa´juera” (“valga la rebusnancia”, pero aclaro pa´que no quede duda). Al consumirse el cigarro arrojé la colilla con los dedos lo mas lejos que pude. Acto seguido me retiré a mis aposentos.
Entré al cuartito donde dormía, dejé caer mi torneado cuerpo sobre el petate King size, y me quedé dormido profundamente, casi de inmediato, pero… como a las dos horas un intenso calor me despertó… En la ma… se estaba quemando todo, lo único que alcancé a hacer es salir corriendo del lugar.
Nada, nada pude hacer, solo mirar cómo se consumía entre el fuego todo lo que antes era mi fuente de trabajo. Eso y todo lo que le rodeaba se convertía en cenizas de forma inmisericorde.
Yo estup…efacto me quedé, como petrificado mirando los escombros, así pasaron horas o días, no lo se, lo único que recuerdo fueron los gritos que, a lo lejos, dejaba escuchar el gringo que volvía de su viaje.
Era una misma frase que repetía sin cesar mientras se acercaba manejando a toda velocidad su pick-up.
Cuando finalmente llegó, se bajó y casi de un brinco llegó a parase frente a mi, inmóvil, repitiendo desesperado “¿Güer di de chiquengo?, “¿güer di de chiquengo?”
A lo que yo, apesadumbrado, contesté:
-¡Si patroncito, todo se Chin-Go!-