Que Gaseoso

...Y todo por unos jojolitos

Este era una vez un hombre que tenía una loca pasión por los beans, y no me refiero a ninguno de los Hermanos Fierro del Beansness Rico´s, sino de otro compa que también era amante de los acompletadores frijoles refritos.
Cuentan las malas lenguas que a diario tenía que refinarse su media cazuela del mencionado manjar, aún cuando siempre tenía una situación algo embarazosa que reaccionaba dentro de él. Lo ponían muy “pedante,” pa´sacarles de la duda.
Un día se enamora de una linda chica allá en su natal Chihuahua, (se prenuncia sshiwagua) y que se enamora de la princesita, al grado tal que le ofrece casorio. Como la doncella era nariz respingada o de alta alcurnia, pa´que mejor me entiendan, y él no quería darle ningún motivo para que lo rechazara, se juró a sí mismo no volver a comer los acostumbrados jojolitos, pues pensó para sus adentros:
“Ella es tan dulce y tan gentil, que nunca aguantaría algo como esto”.
Al cabo del tiempo la pareja se caso. Algunos meses después, antes de que nacieran sus tres hijos varones, su carro se averió mientras iba del trabajo rumbo a su casa, así que le llamó a su esposa para informarle que llegaría más tarde, pues tendría que caminar muchas cuadras para llegar a casa.
En el camino, se paro en una cafetería y al percibir el olor no aguanto la tentación, así que ordenó tres raciones de frijoles refritos con harta manteca de marrano. Satisfecho su antojo, retomó el camino a casa pero ésta vez avanzaba más rápido, por la propulsión de gases qua llevaba, producto de la ingesta de los granos del último saco.
Al llegar a su casa él se sentía lo suficientemente seguro de que había expulsado hasta el último de sus pestilentes eructos culares, así que tocó la puerta y su esposa se mostró muy contenta por su llegada y agitada al verlo, le exclamo:
-Mi amor, esta noche te tengo una increíble sorpresa para cenar.-
Para la sorpresa, ella le vendó los ojos en la entrada de la casa y lo acompaño hasta la silla del comedor, donde lo sentó. Justo cuando ella le iba a quitar el vendaje de la cara, sonó el teléfono.
Ella le dijo:
-No te quites el vendaje de la cara, hasta que yo regrese de hablar por teléfono.-
Tomando en cuenta la oportuna ausencia de su esposa, el susodicho aprovechó para apoyar todo el peso de su cuerpo sobre una de sus piernas y dejo escapar un “pedazo” de hediondo gas. No fue lo suficientemente sonoro, pero tan oloroso que ni el propio autor lo podía soportar, así que sacó de su bolsillo un pañuelo y empezó a moverlo vigorosamente para ventilar un poco de aire.
Todo volvió a la normalidad cuando de pronto siente recorrer por sus intestinos otro tormentoso y nauseabundo gas, por lo que vuelve a apoyar el peso de su cuerpo, ahora sobre la otra pierna, y con absoluta despreocupación lo deja escapar. A diferencia del anterior, este podía ser el ganador de un gran premio, por lo ruidoso y pestilente. Hábilmente vuelve a mover el pañuelo para todos lados, intentando desesperadamente borrar la evidencia. Con un oído atento a la conversación telefónica que sostenía su reinita, le vienen ganas de liberar a un tercero y sin ningún pudor lo suelta, mientras la cosa se pone difícil, el ambiente se torna insoportable y él desesperadamente, con vista vendada, sigue moviendo el pañuelo para hacer un poco de aire hasta que escucha que su esposa va a colgar el teléfono, lo que indica el fin de su libertad para emitir más gases.
Resignadamente coloca el pañuelo sobre su pierna y cruza las manos encima del pañuelo, con una risa de oreja a oreja, lo que sin duda alguna es la mejor imagen de una persona inocente. Disculpándose por haber hablado tanto tiempo por teléfono, le pregunta si se había movido el vendaje y había visto algo.
Él le asegura que no había visto nada y en eso, ella le quita la venda de los ojos y allí estaba la sorpresa:
Doce invitados a cenar, sentados alrededor de la mesa para su fiesta de cumpleaños ¡sorpresa!