El Cu-cú y la Noche de Copas

“...Resulta que como la fiesta se puso tan buena

Les cuento que hace un par de semanas fui acompañando a Nick, un querido amigo que se retornaba a vivir a nuestro querido Mexicalpan de las Garnachas. ¡Qué barbaridad! Lo que no ha podido hacer la migra en años, ahora, este pelos de elote y piel de zanahoria lo está logrando, a punta de infundir terror y odio contra los inmigrantes. Ni modo, que le vamos a hacer, sólo echarnos la mano uno al otro y desearnos suerte.
Pero volvamos al asunto. Resulta que llegamos a San Mateo Nopala, allá en el Estado de México. La familia lo recibió con mucha alegría, la voz se corrió como pólvora, vecinos, amigos y familiares llegaron a saludarlo y darle la bienvenida, así pasaron unas cuantas horas, hasta ya anocheciendo, Cassy, la esposa le confiesa a mi cuate que como creía que su llegada sería hasta el día siguiente, ella se había comprometido a ir con sus primas a una despedida de soltera y que la verdad se le hacía gacho cancelarles.
El buen Nicanor le dijo que no había purrún que se fuera, pero que regresara antes de la media noche, que el aprovecharía para platicar largo y tendido con su hija Nayeli y de paso darle oportunidad al Místico, (su perrito) para que se re-familiarizara con él. Yo por mi parte me fui con unos cuates a Garibaldi y regrese al día siguiente como a las 10 de la mañana, para recoger mi maleta y regresarme a Salt Lake vía Coyote Airlines.
Al llegar me encontré a la Casimira llorando y con muy mala facha, por lo que de inmediato le pregunté que había pasado, y ella a luego luego me respondió:
“…Resulta que como la fiesta se puso tan buena no regresé antes de la media noche como acordé con el Nicanor, sino que llegué hasta como a las tres de la madrugada, pa´colmo, venía como placa de tráiler; hasta atrás y media entierrada. Al ir entrando a la casa el reloj Cu-cú que suena tres veces. Segura de que mi marido estaría atento y se daría cuenta de la hora en que iba llegando, como pude canté “cu-cú” nueve veces más.
Te juro que me sentí tan orgullosa y satisfecha de haber tenido de pronto, aunque borracha, una idea tan genial y que seguramente evitaría una fuerte discusión con mi recién llegado marido, que casi grito de la emoción, pero me contuve y seguí subiendo las escaleras de puntitas. Llegué a la cama, me acosté de lo más tranquila, pensando en lo inteligente y lista que soy.
Esta mañana, durante el desayuno, el Nicanor que me pregunta a qué hora había llegado. Yo muy segura de mi misma le contesté que a las doce en punto, tal y como le había prometido.
Él, de momento no dijo nada ni me pareció desconfiado, ¡que bien! exclamé en mis adentros mientras pensaba en la salvadota que eso representaba. Entonces el dijo:
-por cierto, creo que debemos cambiar el reloj de la sala.-
Media temblorosa por lo que dijo le pregunte:
“¿Síiii?… ¿Por qué?” a lo que él respondió:
-Bueno, lo que pasa es que anoche el reloj hizo “cu-cú” tres veces… luego, no se cómo, gritó ¡Pa´su mecha!… después hizo “cu-cú” cuatro veces más… vomitó en el pasillo… hizo “cu-cú” otras tres veces … se soltó unas carcajadas, y… otra vez hizo “cu-cú”… se echó a correr, pisó al Místico, rompió la mesita de centro de la sala, se acostó a mi lado dando el último “cu-cú”, se tiró un sonoro pedo y se durmió.-