Solamente Cumplió Órdenes

La puerta se abrió lentamente, y allí estaba parada la mujer...

Recuerdo una vez, cuando trabajaba para la Agencia Central de Inteligencia, me comisionaron para someter a algunas pruebas a cinco docenas de candidatos, para llenar una vacante que había. Se trataba de la posición de francotirador para la región del medio oriente. Sobra decir que estas posiciones altamente clasificadas, son duras de llenar, y hay muchas pruebas y verificación de referencias que se aplican a los concursantes antes de que alguien pueda incluso ser considerado para la posición.

Después de someter a los aspirantes al proceso evaluatorio, selectivo y de verificaciones, resultó que las opciones sé redujeron a solamente 2 hombres y una mujer.

Llego el día de la prueba final para definir quién conseguiría el trabajo. Los agentes que me ayudaban a administrar la prueba llevaron a uno de los hombres a una puerta grande de metal y le dieron un arma diciéndole:
“Debemos confirmar que usted seguirá nuestras instrucciones no importa bajo que circunstancias,” le explicaron “dentro de este sitio, usted encontrará a su esposa sentada en una silla. Tome esta arma y mátela”.

El hombre con una mirada de asombro le dijo:
-Usted, ¡no puede estar hablando en serio! Yo nunca podría matar mi propia esposa.”
“Bien” – le dije con voz calmada- “entonces usted definitivamente no es la persona adecuada para este trabajo.”

Al retirarse el primer descalificado trajeron al segundo hombre a la misma puerta, le entregan el arma y le explicaron los mismos parámetros de la prueba. El segundo hombre miró algo sobresaltado, pero sin embargo tomo el arma y entro al cuarto. Todo estuvo silencio por cerca de 5 minutos, entonces la puerta se abrió. El hombre salió del cuarto con lágrimas en sus ojos y dijo:
–Intenté matarla, pero simplemente no pude jalar el gatillo. Supongo que no soy el hombre adecuado para el trabajo.–
Tomándolo del hombro, le contesté:
“En efecto señor, usted no tiene lo que se necesita para esto. Tome a su esposa y vayan a casa.”

Para ese entonces sólo quedaba la mujer. La conduje yo mismo a la misma puerta, le entregué la misma arma y la instruí:
“Como prueba final, debemos estar seguros que usted seguirá instrucciones sin importar las circunstancias. Allá adentro encontrará a su marido sentado en una silla. Tome esta arma y mátelo.”

La mujer tomó el arma y abrió la puerta. Antes de que la puerta se cerrara completamente, se escucharon los estruendos producidos por la pistola al ser descargada por la mujer. Uno por uno, cada tiro disponible en el cargador sonó de manera consecutiva. Entonces el mismo infierno se apoderó de aquel cuarto. Se oyeron gritos, desgarramientos y golpeteos en las paredes. Esto continuó por varios minutos y finalmente todo quedo en silencio. La puerta se abrió lentamente, y allí estaba parada la mujer. Se limpio el sudor de la frente y dijo:
—Nunca me advirtieron que el arma estaba cargada con balas de salvas. ¡Así que tuve que matarlo a golpes con la silla!—